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Comunidad de la Esperanza

Entre yekuanas y sanemas

Rene

Entre los yekuana El francés René Bros ha vivido 45 años con los indígenas en la cuenca del río Caura, militando en la entrega total a su causa, insertado o, mejor dicho, inculturado

Nació tan lejos como en Galgan, una localidad de Aveyron-Rodez en el Valle de La Garona, provincia de Toulouse (Francia). Desde 1965 vive al sur del estado Bolívar, allá donde el viento se devuelve. Es un seguidor de dos cristianos que cambiaron su vida: su tocayo el filósofo René Voillaume y el ex militar y explorador que se hizo sacerdote, Charles de Foucauld. La entrega total a un pueblo en condiciones de pobreza y colonialismo caracterizó a estos dos hombres.

Voillaume entró en la historia de la espiritualidad cristiana y religiosa al fundar la congregación de los Hermanitos de Jesús; impulsó, asimismo, varias asociaciones y movimientos sacerdotales y de laicos a partir de los escritos e intuiciones de Carlos de Foucauld. Este último nació el 15 de septiembre de 1858 y murió asesinado el 1 de diciembre de 1916 con poco más de 58 años. Ya a los 43 había iniciado su opción fundamental instalándose en Beni-Abbés, en el corazón del Sahara argelino, donde se dio cuenta de que había un pueblo por evangelizar y un ministerio que realizar. Foucauld vivió dieciséis años en tierras argelinas, y especialmente once entre los tuaregs hasta que llegó su muerte como acto supremo de entrega a imitación de su hermano mayor Jesús de Nazaret.

A su modo, en su propio tiempo y en estas tierras, René Bros ha imitado la obra de Foucauld.

Sobre la misma tierra

Bros ha creado lazos permanentes con los yekuana, con los sanema-yonoama y también con los hoti, quienes se han salvado de la civilización porque no forman grandes poblados sino que más bien son casi invisibles pues se esparcen por la selva. Durante 45 años, viviendo con los indígenas, trabajando con ellos, soportando las lluvias junto a ellos, enseñándoles a leer y escribir para que perpetúen sus tradiciones orales, ha creado lazos.

Y ahora vive su desespero ante los peligros que encierra la depredación ciega de la minería. Bros sabe que los tuaregs y los indígenas venezolanos tienen más en común de lo que podría pensarse a primera vista: “Los pueblos indígenas son muy vulnerables porque la conciencia la conservan algunos viejos”, dice. “Nuestro mundo actualmente está trabajando con el mimetismo a través de los medios. Esa cultura, la indígena, es como un tejido sin nudos, y eso se deshace muy fácilmente”.

Estamos hablando de hombres proclives a entregarse en causas difíciles mas no imposibles. Charles de Foucauld vivió la explosión de la era industrial, era militar y fue enviado a Argelia. Allí nació su pasión por África del Norte. Estuvo en Setif −altiplano de Argelia− en misión, y luego más al sur, en el Sahara. Viajó a Nazaret y regresó a Argelia. Estuvo en Libia, luchó contra el colonialismo. Vivió entre los tuaregs y entre los tuaregs lo mataron. En el desierto encontró su destino, su razón de ser, como Bros la ha encontrado al sur de Bolívar. ¿Desierto y selva no vienen a resultar la misma cosa, es decir, un buen escenario donde trabajar entre los hombres, con los hombres?

El compromiso

Nació en el seno de una familia de campesinos. Entró en el seminario pero allí cayó en sus manos el libro En el corazón de las masas, de René Voillaume. Esa lectura cambiaría su vida. Salió del seminario sabiendo que la vida religiosa y la contemplativa se viven en el corazón de las masas. Por eso no se quedó en el seminario, porque sintió la necesidad de estar en el mundo, con los demás.

Cuando hizo su servicio militar obligatorio, en los años sesenta, a René Bros le tocó como destino, durante dos años, Argelia. Con mayor exactitud, Setif. Fue allí donde comenzó la rebelión de Argelia, El lugar donde Foucauld también había estado destinado. Esas coincidencias del destino jamás son gratuitas. Al ser relevado del servicio, una vez liberada Argelia, se quedó Bros unos días y vio la fiesta que se armaba en la ciudad. Lo invitaron a seguir la escuela de oficiales pero lo de él era otra vida. Creó una ONG −con apoyo financiero del Estado francés− para dar comida a los limpiabotas que eran huérfanos de guerra. Después, él y varios amigos entregaron las reservas y equipos al Frente de Liberación Nacional.

Regresó a Europa para hacer el noviciado. Lo hizo en Zaragoza y en el sur de Francia. Luego, Venezuela. Había ocurrido algo antes: en 1957, y a través de la Fundación La Salle, el padre Voillaume fue contactado por el nuncio apostólico de Venezuela. El nuncio pedía hermanos que quisieran ir a la zona del Caura. Le contestaron que la cosa estaba bastante difícil… pero no imposible. Así fue como en 1958 llegaron los primeros hermanos. En 1965 llegó René para reforzar. Aquellos fueron los primeros pasos de los hermanos de la congregación en Venezuela, pero vinculados a través de la Fundación La Salle. En especial, el célebre hermano Ginés actuó como enlace. Lo difícil estaba en apostar por la inserción del misionero en la cultura indígena, pues era eso lo que se esperaba de los seguidores de Foucauld: incluso, inculturación.

René vino en barco en aquel año de 1965, doce días de travesía. Fue recibido por la gente del colegio La Salle de Tienda Honda ­—todavía está el colegio allí­—, con quienes quedaría eternamente agradecido. Del puerto de La Guaira se fue a La Carlota, y de allí, en un avión de búsqueda y salvamento, al sur del estado Bolívar. A Santa María de Erebato llegaría durante la Semana Santa de aquel año. Tal ha sido su enclave durante este tiempo: esa población perdida en el medio del Caura. Su primera comida no la olvidó nunca: el picante lo dejó sin voz. Los indígenas compartían todo con la pequeña comunidad de hermanos y hermanas que René encontró al llegar. Trabajaban en salud y educación, también en la construcción. Al mismo tiempo, intentaban desarrollar la siembra del café. Compartiría todos estos años la comida con esta gente y, en ocasiones, las expediciones de cacería. En un principio, calcula, serían unas 200 personas en total, y en años posteriores la comunidad llegó a unas 800 almas; pero luego se fue dividiendo.

Actualmente quedan unos 400 indígenas en ese asentamiento. Con el paso del tiempo sus hermanos y hermanas se fueron yendo −unos por razones de salud, otros por edad− y en los noventa se quedó René solo. O sea, relativamente solo. Dice que fue una experiencia interesante. En realidad, los indígenas no dejan a nadie solo: “Dentro del mundo indígena, la soledad no tiene sentido”. Ofrecieron acompañarle en su casa, pero él les dijo que no tenía problema en dormir solo. Sin embargo, se le consideraba —se le sigue considerando— miembro familiar. De hecho, a quien vive entre ellos, un indígena mayor de la comunidad puede decirle que lo adopta, y a partir de ese momento los hijos del indígena pasan a ser hermanos del extraño. “Y después soy padre o abuelo de las otras generaciones, dentro de la lógica del parentesco”. Agrega Bros. La amenaza Aun sin perder los nexos profundos con la gente de Santa María de Erebato, a partir de cierto momento se hizo itinerante a lo largo y ancho de esa zona selvática marcada por el tercer río más caudaloso del país, el Caura. Trató de abarcar otras comunidades.

René, lo dice sin ambages, ha sido feliz entre esos seres que lo adoptaron, y esa sensación de compañía, de compartir cosas, la ha sentido siempre con ellos. Le gustaba de esa gente la comunicación entre las diferentes generaciones de la misma comunidad, aunque eso, debido al contacto con el mundo civilizado, se ha ido perdiendo. Ahora hay choques generacionales, algo que antes no se veía. Además, observa un dilema: ya no hay refugio para los indígenas frente al poder de la invasión civilizatoria.

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1 comentario

Miguel -

Un gran critiano Rene Bros, ha sabido hacer suyo el pueblo indigena y sus problemas.
En cuanto la globalización tiene eso, que destruye las minorias o los individuos. Tiende a ser todos los pueblos con igual patrón ahogando la diversidad. he visto un reportaje sobre esquimales, y tienen el mismo problema.
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